Abrió la puerta y allí estaba ella, la misma, la de siempre. Tal y como la recordaba.
La dejó pasar sin resistencia. Su visita, aunque en cierto modo esperada, la había desequilibrado por completo y ya que estaba allí la mejor opción era recibirla en el salón e improvisar algún tipo de amabilidad.
Su clon tomó asiento en el sofá más próximo a la terraza, echó un vistazo a la habitación con vistas y la obsevó sin más. La original mantuvo el cruce de miradas y le preguntó distante: “¿A qué has venido?”.
Ella sólo respondió:
“Vengo a conocerte, nada más”.
