Se agazapó en el ventrículo derecho de su corazón, callado, tímido y temeroso. Ella le dio el último beso en la frente y esperó. Por si se convertía en rana. Pero el príncipe permaneció inmutable, con los ojos cerrados por si así los demás dejaban de verle.
Ella lo veía aunque no miraba.
Marcaron las diez y él se durmió para siempre en el ventrículo derecho del corazón de ella que entre sus manos seguía palpitando.