Cayó el telón y un silencio contundente invadió la sala. Estaban todos, sin embargo, contándose sin palabras su historia. El miedo que habían pasado entre la lluvia, la nieve de ventidós de febrero y los telediarios que comunicaban sentencias inapelables para los inocentes. Las fechas y latitudes que más empañaban su piel.
La función había terminado pero aquel silencio los ataba a los butacones, volvía rígidos sus huesos, exponía el tejido de sus órganos a las miradas del otro. De cada uno. Del aforo completo del local.