He decidido dejarme caer. Llevaba demasiado tiempo amarrado a unas aspas que sólo sabían dar vueltas, sin llegar a ninguna parte.
El viento de la ciudad golpea mi cara y me obliga a cerrar los ojos. No tengo miedo porque yo mismo decidí liberarme de estas ataduras. Sin paracaídas, cualquier desenlace es posible.
Velocidad. Libertad. Ingravidez. Ahora al fin siento que soy dueño de mi vida.
Es curioso pero, cuanto más me acerco a mi destino, cuanto más abajo estoy, más pequeñita veo a la gente. Se suponía que debería ser al revés. Ahora mismo ya apenas parecen hormigas. Ni siquiera recuerdo sus nombres o sus rostros. Mis mejores amigos también son himenópteros errantes que corren a esconderse en sus propios hormigueros, mientras yo desciendo sin remedio y por mi propia voluntad.
Aquí estoy, a punto de tocar tierra, pensando que el suelo estará hecho de nubes y que mis sueños al fin pasearán por ellas, como siempre debió ser.