Madera

Noviembre 3, 2008 · 7 comentarios

Junto a mi casa

los perros merodean

con la escarcha de la primera luz,

husmean

entre las rocas,

aúllan

de día al sol.

Yo los miro escondida

en los bosques opacos de la ciudad

los que desnudan sus copas ante el invierno

y me recuerdan la proximidad

inapropiada del aliento

frío

frágil

y fugaz.

Con el último destello de las farolas

estalla el día en el asfalto

y sólo entonces los perros callan,

los coches encienden sus motores

y los relojes ahogan los sueños.

Sólo entonces se incendian las casas

y mis vecinos

(los tuyos)

escapan presurosos por las puertas

(también por las ventanas)

como autómatas precisos y elegantes

que de forma ordenada

acuden a los edificios más altos

para presenciar diligentes

la esperada profecía

de la llegada del fin del mundo.

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