Tristeza a la enésima potencia

Mayo 14, 2008 · 8 comentarios

G contó milsetecientasdoce tristezas, sin incluir a los pacientes de corazón.

Después de las últimas estadísticas, el departamento clínico desestimó a los enfermos mentales y a los cardiácos de la valoración emocional de la población ingresada anualmente en el centro hospitalario porque disparaban la cifra de desesperaciones y angustias, y las cuentas no cuadraban.

El registrador de penas, nombrado recientemente, caminaba varias veces al día por los pasillos de las estancias, las salas de espera, las cafeterías cercanas, los recintos al aire libre, y en ocasiones hasta entraba a las habitaciones simulando ser un especialista que necesitaba revisar los ojos del paciente. Cuando volvía a su mesa ordenaba todo cuánto había visto, escuchado, percibido, anotado e incluso sentido. Su alto nivel de empatía no siempre le facilitaba el trabajo y ya varias veces no había podido evitar teminar también él llorando en el ascensor, frente al espejo del baño de hombres o en las proximidades de urgencias.

Aquel viernes veinticinco había ocurrido algo extraordinario. En la última suma de congojas producidas por la pérdida de un familiar o el conocimiento de una enfermedad terminal con un corto plazo de vida, las aristas de la estructura física de todos los espacios hospitalarios se habían agitado tal y como tambalean el suelo los terremotos. Pero la ciudad fluía sin ningún temblor sísmico. G redondeaba el último número de la cuenta, un cero redondo como el mundo y pequeño como un botón cuando volvían las paredes a protestar y a mover el edificio completo hacia un lado y a otro, hacia delante y atrás, conmovido por el total de tristezas acumulado.

La alarma no cundió entre los médicos, ni los familiares apreciaron ningún inconveniente en las estancias. Las enfermeras continuaban su jornada sin alteraciones y los farmacéuticos inventaban nuevas pócimas. Sólo G descubría el acontecimiento y extrañado y abrumado se asomaba a la ventana para constatar lo que veía. No cabía duda, las doce plantas de la infraestructura, las paredes del interior, los techos y su luminaria latían con el último cero de su bolígrafo. Palpitaban como un corazón. Igual de acelerado que el suyo que no entendía la realidad que vívía. Tampoco ahora que ya lo habían convertido en adulto.

Durante los días, los meses y los años sucesivos el hospital continúo con sacudidas. A veces intermitentes, otras lentas y prolongadas, ultimamente rítmicas como la respiración. G aprendió a vivir con el nuevo sentido que había desarrollado, el que conectaba con la matriz de la tristeza y al que se unía en una simbiosis perfecta como el único elegido para interiorizar la desolación de los demás.

Categorías: Días · Opacidades
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8 respuestas hasta el momento ↓

  • erato // Mayo 15, 2008 a 7:50 pm

    Me encantó cabaretera. Eso de conectar con la matriz de la tristeza…uhmmm. Besillos simbióticos y cósmicos

  • chema // Mayo 16, 2008 a 12:14 pm

    Mamma mia…qué maravillosa y sísmica narración. Sobre todo ese final.
    No sé, sospecho que me parezco en algo a ese G.
    Aunque no sé si he aprendido a sintonizar con la matriz de la tristeza.
    Sólo me limito a darle los buenas días, y desear que sea leve.
    Un beso a Sandra la Bella…

  • ¡Eo! (Mensaje para Sandra y para Chema) // Mayo 16, 2008 a 7:08 pm

    Hola, Sandra.
    Me encantó tu texto. Me ha gustado que sea más largo de lo que nos tienes acostumbrados, que siempre me quedaba con ganas de más.
    Y me encantó también ver aquí a Erato y a Quimérico.
    Por cierto, Quimérico, si lees este mensaje: molaría que habilitaras los comentarios anónimos o con URL en tu blog para que, todos los que acudimos fielmente a comer fresas a tu campo podamos saludarte, alabarte y dejarte nuestros mensajes. Ya sabes que soy fan de tu poesía. Además, hace unos días Lincha y Relincha, los hermanos siameses (supongo que te acordarás de ellos) me transmitieron lo mismo por e-mail. Hábilitalos, anda.
    Ah, Sandra, maja, elige un nombre, que ya casi tengo la carta pero ¡ no tiene destinatario! Molaría un nombre que no pudiese relacionarse con ningún país en concreto, que suene como universal.
    Y ya está.
    Abrazos. Ánimo. Y valor.

  • cabaret // Mayo 19, 2008 a 7:15 am

    Bautízame como Gael

  • tarasia* // Mayo 28, 2008 a 1:57 am

    Cabaret… vengo desde el comentario que dejaste en mi blog. Agradezco tu cariño, a pesar de que también tu estas triste…
    He leido tu texto y me siento un poco como G. Trabajo en un hospital y no he conseguido “apantallarme” nunca. La tristeza siempre me conmueve.
    Te habia perdido la pista desde que dejaste LDA,
    ahora ya sé donde encontrarte.
    Me encantaba leerte y hoy he vuelto a comprobarlo con esta impresionante historia.
    Ójala que lo que te esté ocurriendo sea pasajero como una ” mala tarde”. Pero si necesitas patalear alguna vez, cuenta conmigo.
    Un fuertisimo beso y gracias por escribir así*

  • torcido // Agosto 28, 2008 a 3:54 pm

    ¡Alucinante! ¿Os pensáis? O simplemente soltáis, como un vómito, aquello que vuestro cuerpo no asimila.

  • cabaret // Agosto 28, 2008 a 4:12 pm

    no sé que quieres decir, torcito

  • Yalile // Agosto 29, 2008 a 5:57 pm

    Deseo enviar algo de poesia yo soy una ex atramentum soy uruguaya abrazos

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